Semana 1

MARTA PÉREZ / EFE

MARTA PÉREZ / EFE

Es domingo, 22 de marzo del año en que todo cambió.

Me despierto a las 8h. de la mañana

En ausencia de exigencias sociales, esta nueva cotidianidad marcada por el aislamiento, permite relajar horarios y dejar que el cuerpo los marque. Así, me voy a dormir cada día entre las 1h a las 3h de la madrugada, pero siempre despierto a las 8h, como si el cuerpo se aferrara a algún ritmo conocido, a algún punto estable de orden.

En Barcelona llevamos unas tres semanas acumulando conciencia colectiva sobre la necesidad de reducir contactos, pero no fue hasta el sábado pasado, hace algo más de una semana, que nos encerramos en casa.

Hoy al despertar, he sentido que me molestaban los pendientes, son pequeños y no me los quito nunca, pero hoy me sobraban. Es el primer gesto del día, y he sonreído al darme cuenta de que en mis manos no hay anillos desde hace días, no hay esmalte en mis uñas, y mi cabello se seca al aire, sin necesidad de darle forma con un secador.

 

Mi casa es amplia, cómoda, bonita, en ella descanso y me recupero entre viaje y viaje. Esta casa tiene forma de refugio, no hay mucha luz pero un patio al fondo, con plantas mal cuidadas, permite salida al aire libre. Pero estos días, paso ratos bajo la puerta que da a la calle, como una viejecita en el pueblo, con su silla bajo el marco de la puerta, viendo pasar la vida.

Una vida (exterior) que se apaga. Casi no quedan personas en la calle. Las que pasan por delante me miran, sonríen como entendiendo la necesidad de estar ahí pasmada, sintiendo los rayos de sol sobre mi cara, les sigo con la mirada y nos despedimos con complicidad. En el edificio de delate los balcones están ocupados. Una mujer hace gimnasia, una pareja comparte una hamaca en la que se comen a besos (espero que estén sanos los dos :), en otro, unos niños se pelean.  De vez en cuando, pasa un autobús vacío. Intento ver la expresión de la cara del conductor. Cómo se sentirá ahí solo dando vueltas sin sentido?.

 

Hablo a diario (raro) con mi gente. También con amigos que hacía tiempo (algunos mucho) que no sabía de ellos. De aquí de allá, de cualquier parte del mundo donde hay un trozo de mi corazón. Es como si todos estuviéramos cogiéndonos de las manos, sin tocarnos, para creernos lo que pasa, para ver qué viene.

Contrasta la soledad física con la efervescencia social virtual y casi asfixiante, de estos días.

 

Tengo mucho trabajo en la empresa. Nos dedicamos a cuidar de un colectivo de alto riesgo frente al virus, personas con Diabetes que necesitan más que nunca, protección y aislamiento;  así que no hay tedio ni aburrimiento, pero cuesta concentrarse en medio del ruido generalizado y continuo, que hace las estructuras de esta sociedad retorciéndose a marchas forzadas sobre su colapso.

Cómo puede cambiar todo tanto en tan poco tiempo?.

Hace justo 2 semanas nos abrazábamos en manifestaciones multitudinarias en el día de la mujer, y hoy, salimos con guantes y mascarillas a comprar el pan, manteniendo 2 metros de distancia con cualquier ser humano con el que te cruzas.

 

No sé como nos vamos a recuperarnos de esta evidente, implacable y brutal conciencia de vulnerabilidad colectiva.

Más allá de la capacidad individual que cada uno tenga para procesar lo que está pasando, incluso para aprovecharlo en beneficio del sentido de sus vidas, creo que el alma del mundo nunca volverá a ser la misma.

 

Algunas fotos (iGNACIO PEREIRA) de Madrid

 

 

Categoría: Personas

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Comentarios: 2

  1. Juanjo Brizuela 22/03/2020 at 12:44 Reply

    Vamos!!! Estamos más cerca de lo que parece. Y mientras seamos capaces de aprender de esto y mejorar como personas y como sociedad, mucho mejor. Beso grande compi.

    • odilas 05/04/2020 at 23:44 Reply

      Gracias por seguir por aquí , compañero