Semana 7

Tulum. Yucatán. México

Tulum. Yucatán. México

Empieza la vuelta a la vida, si es que esto ha sido una pequeña muerte.

Empezamos la tímida y ansiada vuelta a la “nueva normalidad” pautados, organizados, conducidos, por un comité de sabios que nos dicen cuando salir, cómo y con quien. (Hay que pensar sobre esto).

Hay una sensación de libertad vigilada, de actividad contenida, de equilibrios entre disciplina y lujuria vital, de euforia y tristeza, de relajación y ansiedad… que nos volverá a poner a prueba.

 

En agosto de 2007 pasaba unos días en la Rivera Maya en Mexico. Iba sola, como tantas veces, disfrutando de mis excursiones, lecturas, inmersiones, descubrimientos, cuando saltó la amenaza del Huracán Dean. Moverme a mi aire facilitó que me enrolara en los equipos de voluntariado que el complejo hotelero organizó para enfrentar el golpe.  Fueron 72 horas frenéticas hasta el toque de queda final. Todos en nuestras habitaciones sin salir, vestidos, con las bañeras llenas de agua y una bolsa de comida para tres días.

Recuerdo aquella noche con angustia y fascinación. Tenía miedo por si mi cubículo no resistía, pero de vez en cuando me acercaba a la puerta y ponía la mano para sentir la vibración.  Era como estar en el interior de una lavadora.

Cuando todo pasó, alguien recorrió las cabañas avisando que ya podíamos salir.

Vi a gente llorar ante tanta devastación. También vi a gente lloriquear y quejarse por no poder acercarse a la playa para seguir con sus vacaciones (muy parecido a lo que vemos ahora). Ves lo peor y lo mejor de lo que somos y ves también que no somos nada o tanto como para pensarnos el centro del universo. Aquella fuerza brutal de la naturaleza nos había sacudido como si fuéramos arena en un desierto.

 

Ayer salí a la calle, a pasear por primera vez en 54 días, y recordé aquella salida post-Dean. Durante una hora recorrí mi barrio, uno de los lugares más bonitos de una de las ciudades más bonitas del mundo. Estoy acostumbrada a redescubrir mis calles de vez en cuando. Lo hago cada vez que vuelvo de un viaje. Pero ayer todo era más intenso, las plazas, las calles arboladas, los parques, los rincones que han acogido tantas conversaciones, tanta vida; el aire limpio, todo brillaba más, todo en su sitio ahí esperándonos, precioso, familiar, permanente.

 

Este tiempo hemos aprendido a dejar de necesitar ciertas cosas, a valorar otras, a conformarnos con la sencillez de una canción, de una copa de vino, de un libro, de una conversación con sentido. Hemos dejado de consumir muchas emociones, porque la economía ha dejado de golpe de producir productos y servicios para alimentarlas y hemos tenido que redescubrir el placer en lo que teníamos a mano. En lo esencial.

 

Ayer un simple paseo me proporcionó tanta alegría como el más exótico de mis viajes.

 

La gente (de aquel perfil con los que compartía franja horaria de desconfinamiento) compartía de nuevo espacio abierto, después de semanas de aislamiento. Desconocidos sonreían bajo su máscara, miradas tristes, miradas cómplices, miradas interrogantes, miradas aturdidas. Alegría y liberación, pero también desconfianza y distancia. ¿Qué precio vamos a pagar por esto?

 

Echo de menos a muchas personas, y cada rincón me recordaba experiencias compartidas, pero no sé si quiero verlos y no poder abrazarles, no sé si puedo hablarles a dos metros de distancia, no sé si lo que viene ahora es aún más difícil que lo ya vivido.

 

Puede que un estado de alarma tenga el poder (cuestionable) de limitar nuestros movimientos, pero nada puede limitar nuestras emociones, y me parece que durante más tiempo del que pensamos, vamos a tener que hacer un gran esfuerzo de contención para que la vida no nos mate.

 

Nos vemos ahí fuera

 

Categoría: Personas

1 comentario

  1. Benjamin Blanco 04/05/2020 at 14:42 Reply

    Tantas Gracias por este relato

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