Iorana

Me dije al llegar que sólo me movería a pie y en bici por la Isla. Aquí da pena encender hasta un cigarrillo. Aire puro, agua cristalina, y un manto verde (como de un césped perfectamente cuidado) sobre toda la isla, salpicada de leves colinas que se asoman a los acantilados, orgullosos y altivos frente a un mar infinito.

La belleza es frágil y aunque la afluencia de turistas es continua, la lejanía es sin lugar a dudas, el principal escudo protector de este vergel.

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Hoy era el día de la ruta más larga: llegar desde HangaRoa, a las playas de Anakena y Ovahe. Tomar la única carretera que atraviesa la Isla, pasar el día allí y volver por la ruta que bordea la costa este, más larga, sin asfaltar, sin piedad; pero un espectáculo continuo, que te obliga a exhalar el poco aire que te deja el ejercicio, en cada giro, en cada encuentro con un nuevo capricho de esta naturaleza imposible.

Por la mañana, durante el desayuno, la pequeña comunidad que hemos formado rápidamente los huéspedes del hotel, me despedían con cierta expectación.
Las habitaciones, de madera, todas en una única planta baja, se distribuyen a ambos lados de un jardín central rectangular, de una vegetación exuberante. Frente a cada puerta, una mesa y dos sillas sobre una plataforma de madera común que une todas las habitaciones, como si todos compartiéramos el mismo balcón.

Por las tardes todas las mesas están ocupadas por sus habitantes. Unos leen, otros charlan, otros escriben, otros duermen en su hamaca. Las dos hileras una frente a otra, todos estamos a suficiente distancia como para mantener la intimidad pero no tanta como para no oírnos y saludarnos al ir llegando. Yo siempre la última, sudando como un pollo, arrastrando mi bici por el espacio común entre habitaciones, hasta apoyarla en mi palmera. Ellos ya aseados y recompuestos, conversan como en un patio de vecinos.
Dos matrimonios chilenos, dos mujeres japonesas, unos recién casados brasileños, una mujer española con su joven hijo. Él siempre mira por encima de su libro, y sonríe. No habla, pero mira siempre y mira bien. “Soy muy mayor para ti, pero eres guapísimo”.

Dicen que fue en las playas del norte, exactamente en Anakena, el lugar donde desembarcaron los exploradores polinésicos, provenientes de la tierra ancestral Hiva. Los Maories pronosticaron desastres en sus tierras de origen y se embarcaron en búsqueda de nuevas tierras hacia el Este. Ocurría en tiempos e Hotu Matua que se convirtió en el primer Ariki (Jefe) de Rapa Nui, hace aproximadamente 2.500 años.

Me he quemado. Da igual el protector que lleves, los sombreros, las camisas de manga larga. Me arde la piel.
Después de ducharme y hacer valoración de daños, he ido a la farmacia: “ya no quedan cremas” -El abastecimiento, cuando estás a 5.000km de cualquier lugar sigue sus propias lógicas- “…Pero si bajas por ese camino y giras a la derecha hay árboles de Aloe Vera. Cortas las hojas, te lo pones así, asá, congelas el resto para mañana,..etc….”. He salido de la farmacia –ya de noche- con la firme intención de buscarme la vida, pero a los 4 pasos me sentado frustrada en una terraza. Me quiero beber todos los zumos que tengáis.
Mientras me sirven, le pregunto al camarero (me parecía todo tan surrealista), que donde puedo encontrar un árbol de Aloe Vera. Me da instrucciones como si estuviéramos conversando de la cosa más normal del mundo. Y cuando ya entiendo a dónde he de ir, pregunto angustiada “Y cómo reconozco el árbol de Aloe Vera de entre todos los que hay alrededor…?”. Él me explica, me explica como es el tronco, cómo caen las ramas, como son las hojas. Ahí ya desconecto, porque no tengo ninguna referencia en el “esquema conceptual árboles y hojas” y no voy a pillar ni recordar nada. Le sonrío agradecida y le digo que OK. Él asiente satisfecho y se retira. Yo me quedo abatida con mi segundo zumo de mango.

Al cabo de 15 minutos una bici se detiene frente a la terraza. Es él, con unas cuantas hojas en la mano. Se acerca y las pone con fuerza sobre mi mesa (como si entregara el huevo del Manutara): “Aloe Vera”.

He vuelto feliz al hotel, dispuesta a preparar el remedio sanador.
“Te puedo invitar un día de estos a un café para agradecerte?”
“Sí, mañana”.

Categoría: Pasiones, Personas

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