Júlia

 

El salón está lleno como cada año. Nuestra incondicional audiencia asiste (ahora dudo de si con más resignación que real expectativa) a la Función de Reyes que cada año pone patas arriba a toda la familia desde que tengo recuerdos. Entre bastidores, sus 18 nietos componen un reparto ineludible, que se alborota y se enreda con preparativos siempre insuficientes de última hora. La mezcla de angustia y emoción es interrumpida de vez en cuando por un coscorrón de mi abuela, que llama al orden, o señala algún cambio en el guión, o hace que se te hiele la sangre con algún comentario de perfeccionista insaciable.

“Es la gran jefa!”, decía ayer un amigo mío que la conoció bien.

Los ensayos y las costuras empezaban cada año al terminar el verano: Canciones, diálogos, textos infinitos para los más eruditos, comedias para los más chistosos, trances místico/religiosos para los más intensos (creo que yo estaba entre estos últimos).

La natural condescendencia de nuestros padres cada 6 de Enero, no mermaba un ápice el nivel de exigencia de mi abuela, ni nuestra dedicación a aquella empresa. Cómo si nos fuera la vida en ello, o nuestro respeto mutuo, o la admiración de la gran matriarca, que la función de reyes saliera bien, era algo que nos comprometía y nos unía a todos.

Al final de la función siempre había alguien que decía que deberían llevarnos a la tele o que algún cazatalentos de aquella España que aún no se había recuperado de MariSol o Joselito, nos descubriría y nos haríamos famosos.

Afortunadamente todo quedó siempre en familia, un clan que crecía cada año y que ya de mayores fue incorporando a nuevos miembros, que debían enfrentar aquel ritual con no poca perplejidad.

Mi abuela era bendecida, homenajeada y simbólicamente coronada por aquellos Roscones enormes a los que daba paso la bajada del telón. La fruta escarchada y la nata se mezclaban con brindis eufóricos, felicitaciones mutuas, abrazos, risas y ahora sí, corrillos para explicar a nuestros padres –que vivían ajenos a todos los preparativos- las anécdotas de los últimos meses, el desvelo de tantos secretos y el agradecimiento por tan fingido desentendimiento.

 

Yo era ya una profesional consolidada cuando aún hacíamos esto de una forma tan intensa que todo mi entorno conocía el proyecto, así que a mi jefe no le sorprendió que un día llegara a la oficina y le dijera que en dos semanas salía de viaje con mi abuela a Granada. Recuerdo que entendió perfectamente que no le estaba pidiendo permiso.

Julia tenía ya más de 80 años cuando en una reunión familiar comentó que no quería morirse sin volver a Granada.

Aquí había vivido de joven, mientras estudió (magisterio y farmacia). Aquí fue libre por primera y última vez en su vida. Aquí sintetizó en su espíritu el rigor cristiano y la exuberancia Andalusí. Aquí –creo- aspiró el aliento que tendría que necesitar para el resto de una vida casi insuperable.

 

Nuestro primer viaje fue mucho antes. Yo tenía 9 años y jamás había salido de casa sin mis padres. Se casaba una prima lejana en Jaén (igual de lejano para mi entonces). Nunca he vuelto a interesarme por aquella novia llamada Fátima, pero en mi memoria más lejana persisten nítidamente el traqueteo del tren mientras nos cruzábamos miradas cómplices, sus indicaciones para que me portara bien, mi vestido blanco con grandes flores azules saliendo de la maleta, el sabor de los melocotones, el dolor del sol andaluz en la cara, y la sensación de que ya me había hecho mayor. Mucho más mayor que todos mis primos y que todos los niños del mundo que seguían en las seguras faldas de sus madres, mientras yo cruzaba el país acompañando a mi abuela a un acto de gran relevancia social.

Yo viví aquello como una tremenda travesura, encubierta por la autoridad de mi abuela. Algo parecido a lo que ocurrió muchos años después, al traerme a una señora de 80 años a subir por los cerros del Albaycín, encubierta por la no tan autorizada nieta loca.

Sus hijos aceptaron, aliviados por nuestro retorno, la crónica de un viaje apacible, pero nos pasó de todo (sonrío y lloro a la vez al recordar). Lo superamos todo.

 

Ella lo superó siempre todo. Somos lo que somos, y también (quizás más) somos lo que significamos para los demás. Mi abuela es para mi, entre miles de cosas, es el más soberbio ejemplo de resistencia y determinación.

Fui conociendo apenas retazos de su vida en nuestros viajes, en nuestras tardes de té (que competían y ganaban sobre las clases del instituto), en nuestros encuentros familiares, donde a pesar del gentío siempre encontrábamos un momento para alguna confidencia.

 

Hoy es 6 de enero pero no hay función.

Llegué ayer a Granada. No había vuelto.

Salí al saber que Julia ha muerto, en Barcelona, donde vivía con su familia.

Lo hizo cuando quiso, como todo. Para bajar ella el telón.

 

Su cuerpo, el de una anciana de más de 100 años, es velado muy lejos del callejón del Albaycín donde escribo estas líneas, pero yo, que también pienso lo que quiero, quiero pensar que su alma liberada está aquí: entre los cipreses del Generalife, el agua clara del Darro, la brisa en los Cármenes, los aljibes de la Alhambra, las capillas de la Catedral, las cuerdas de una guitarra gitana.

Es mi homenaje a mi abuela, o a mi recuerdo de ella, o a mi recuerdo de mi misma a través de ella. A lo que vivimos, o no, a lo que fuimos, a lo que en realidad quisimos ser. A lo que me legó, a lo que me inventé. A lo que construyó, a lo que negó, a lo que sintió, a lo que fingimos. A lo que amó, a lo mucho que la quise. A lo que fue y a lo que ya no será.

 

Vivir demasiado tiene el precio de confirmar que nada es verdad.

Salvo la muerte.

Quizás es por eso que ésta da tanto sentido a la vida.

 

Buen viaje Júlia!

Cuídate.

Cuídanos.

 

silla

Categoría: Pasiones, Personas

Comentarios: 6

  1. cumClavis 06/01/2015 at 23:32 Reply

    Grande Julia, sí. Hay personas que logran trascender la vida y vencer la muerte, una muestra de ello este post. Un abrazo, María.

    Manel

  2. Cristina 07/01/2015 at 12:04 Reply

    Un beso prima. Es muy bonito.

  3. Juanjo Brizuela 07/01/2015 at 13:53 Reply

    Un beso muy fuerte, María Jesús.
    Precioso relato.
    Somos lo que significamos para los demás. Me ha encantado y emocionado al mismo tiempo.

  4. Elena 08/01/2015 at 01:18 Reply

    Precioso prima…no sabes como me has emocionado

  5. Amalio Rey 08/01/2015 at 02:01 Reply

    Muy emocionante, MJ. Ya intuia yo que tu viaje por Granada era intenso. Tus relatos y fotos en FBK reflejaban un momento especial. Granada es una maravilla. Disfruta y descansa. Julia estara contenta por eso

  6. rosa 10/01/2015 at 02:43 Reply

    Precioso!!! El amor hace posible que la vida perdure, aunque la muerte nos arrebate las presencias. Un beso

Deja un comentario